“Cuando dios
aprieta, ahora pero bien”. Esa frase se la oí hace tiempo a Guillermo Fesser e ilustra muy bien cómo
camina el mundo actualmente. Gracias a familiares y conocidos, a algún
chanchullo o apaño temporal, muchos estamos capeando esta crisis. Falta o ausencia de ingresos, escalada
de precios, trabajos invisibles o números rojos conducen a muchos a una
situación desesperada y, a nuestros ojos, sin soluciones posibles.
Momentos de
oscuridad absoluta, ¡sí señor!. Como esos que llenan los libros de historia que
me encantan. De ahí que cuando veo a amigos que no tienen nada a lo que
aferrarse, cualificados y preparados como están, me gusta recordar a John Chard
y sus casacas rojas en aquel valle perdido al borde de Zululandia, en lo que
ahora es Sudáfrica.
Un ejemplo de
cómo salir de callejones sin salida, con determinación y disciplina, usando lo
que está a mano y sabiendo que la ayuda nunca va a llegar.
Y es que la
mañana del 22 de enero de 1879 debió parecerle incluso aburrida a aquel joven teniente
de los Reales Ingenieros de Su Majestad, recién llegado a la minúscula posición
de Rorke's
Drift (para arreglar unos pontones del cercano río Buffalo, nada fuera de
lo normal), cuando vio dos figuras que bajaban corriendo una loma hacia él para
animarle el día...
Traían un
mensaje desolador: la columna del teniente general Lord Chelmsford había sido
borrada del mapa hacía sólo unas horas -incluyendo oficiales, colonos,
voluntarios y toda la troupé, 1400
almas- en la batalla de Isandhlwana.
Ellos eran de los pocos que habían escapado a la masacre.
Ahora lo peor:
tres regimientos zulúes, toda la reserva del ejército del rey Cetshwayo, se
dirigía hacia allí dispuesta a arrasar a los poco más de 300 hombres bajo el
mando de Chard. Imagina cómo apretaba dios en ese momento…
Chard estaba
en una situación límite. Rorke’s Drift era una antigua estación misionera con
apenas 3 edificios, un recinto para el ganado, un almacén y un hospital lleno
de heridos y enfermos. El traslado de estos por campo abierto abría significado
la muerte segura, el enemigo era muy superior y los únicos refuerzos posibles
yacían muertos a pocos kilómetros, así que tocaba apechugar. Cada uno a su
puesto. Be british, y aquí guerra y
después gloria.
Había poco
tiempo que perder, así que organizó una defensa con lo que había: cajas, sacos
de arena, muebles… desplegando a los hombres tras los parapetos y preparando
una segunda línea de repliegue por si eran desbordados.
Llegando la
tarde, la cosa pintaba muy negra(!), más aún cuando los zulúes doblaron la
esquina y el destacamento de Voluntarios de Natal, al mando del capitán Stevenson,
y los Nativos Montados del teniente Vause desertaron y tomaron las de
Villadiego, reduciendo a la mitad la exigua defensa.
Con apenas un
centenar y medio de hombres, John R.M. Chard, de 32 años, (inmortalizado por Stanley Bakeren en la película de Zulú de Cy Endfield, 1964) comenzó a defender Rorker's Drift ante más de
4.000 zulúes con ganas de rematar la faena de Isandhlwana, de donde venían de
ejecutar el ritual típico tras el combate, es decir, abrir en canal los cuerpos
para liberar sus almas.
Los zulúes
rodearon el campamento y comenzaron a asaltarlo por oleadas, repelidas una a
una por las armas británicas, una gran ventaja ante los escudos y las azagayas
africanas, llamadas iklwa por “el sonido que hacían al
arrancarlas de los cuerpos”. La táctica de Chard fue usar la cadencia de fuego
y reducir al mínimo la línea de defensa, de manera que repartiendo a sus
hombres se pudieran cubrir todos los flancos y concentrar los disparos.
El momento más
duro fue el repliegue a la segunda línea, que dejó a su suerte a un grupo de
soldados en el hospital. Gracias a la meritoria intervención del jovencísimo John Williams, quien
practicando butrones sacó a sus compañeros para volver al perímetro defensivo,
enfermos incluidos.
Sin la
protección de la muralla del recinto y refugiados alrededor del almacén, los
supervivientes siguieron con la fiera lucha cuerpo a cuerpo y aguantando los
disparos lejanos de los tiradores. Así hasta las dos de la madrugada, cuando la
ofensiva zulú comenzó a perder fuelle. Rorke’s Drift amaneció con un perímetro
de cadáveres y sin enemigos vivos a la vista.
La disciplina,
el trabajo en equipo, un liderazgo efectivo y la resistencia al miedo lograron
que al final de la batalla los británicos sólo contaran 17 muertos, después de
toda la que había caído.
¡Menudo
grupo!: 11 Cruces Victoria, la mayor colecta de la historia para un mismo regimiento
(7 para el 24th de Infantería) en un solo escenario de guerra. Amén de cuatro
medallas más a la Conducta Distinguida.
Hay que
añadir, es cierto, que la pequeña hazaña británica sirvió para oscurecer en la
Historia la vergonzante derrota de Isandhlwana ante la opinión pública, por lo
que recibió más bombo y platillo de lo que merecía. Además, las arcaicas armas
portadas por los zulúes nada tenían que hacer ante los recién estrenados rifles
Martini-Henry.
Es más, el
historiador y periodista Max Hastings diría de
Chard que "tras ese momento de gloria no volvió a hacer nada
militarmente importante en su vida. Tampoco lo había hecho antes; en realidad
tenía fama de vago". Sin embargo, este ingeniero castrense nunca había mandado una tropa en combate antes, se encontraba entre soldados
desconocidos, que no eran de su unidad, y ni siquiera sabía si llegarían
refuerzos para ayudarle.
Sin embargo,
con temple, decisión y orden dentro de una situación desesperada y en
inferioridad, Chard guardó la compostura, mantuvo la línea y la disciplina,
consiguiendo arrebatar de las manos zulúes su vida y la de los infelices
casacas rojas que se quedaron junto a él en aquél paraje de Natal.
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