domingo, 1 de abril de 2012

Ante situaciones desesperadas – Rorke’s Drift


“Cuando dios aprieta, ahora pero bien”. Esa frase se la oí hace tiempo a Guillermo Fesser e ilustra muy bien cómo camina el mundo actualmente. Gracias a familiares y conocidos, a algún chanchullo o apaño temporal, muchos estamos capeando esta  crisis. Falta o ausencia de ingresos, escalada de precios, trabajos invisibles o números rojos conducen a muchos a una situación desesperada y, a nuestros ojos, sin soluciones posibles.

Momentos de oscuridad absoluta, ¡sí señor!. Como esos que llenan los libros de historia que me encantan. De ahí que cuando veo a amigos que no tienen nada a lo que aferrarse, cualificados y preparados como están, me gusta recordar a John Chard y sus casacas rojas en aquel valle perdido al borde de Zululandia, en lo que ahora es Sudáfrica.

Un ejemplo de cómo salir de callejones sin salida, con determinación y disciplina, usando lo que está a mano y sabiendo que la ayuda nunca va a llegar.

File:Lieutenant J R Merriott Chard.jpg



Y es que la mañana del 22 de enero de 1879 debió parecerle incluso aburrida a aquel joven teniente de los Reales Ingenieros de Su Majestad, recién llegado a la minúscula posición de Rorke's Drift (para arreglar unos pontones del cercano río Buffalo, nada fuera de lo normal), cuando vio dos figuras que bajaban corriendo una loma hacia él para animarle el día...

Traían un mensaje desolador: la columna del teniente general Lord Chelmsford había sido borrada del mapa hacía sólo unas horas -incluyendo oficiales, colonos, voluntarios y toda la troupé, 1400 almas- en la batalla de Isandhlwana. Ellos eran de los pocos que habían escapado a la masacre.

Ahora lo peor: tres regimientos zulúes, toda la reserva del ejército del rey Cetshwayo, se dirigía hacia allí dispuesta a arrasar a los poco más de 300 hombres bajo el mando de Chard. Imagina cómo apretaba dios en ese momento…

Chard estaba en una situación límite. Rorke’s Drift era una antigua estación misionera con apenas 3 edificios, un recinto para el ganado, un almacén y un hospital lleno de heridos y enfermos. El traslado de estos por campo abierto abría significado la muerte segura, el enemigo era muy superior y los únicos refuerzos posibles yacían muertos a pocos kilómetros, así que tocaba apechugar. Cada uno a su puesto. Be british, y aquí guerra y después gloria.

File:Rorke's.Drift.Post.jpg

Había poco tiempo que perder, así que organizó una defensa con lo que había: cajas, sacos de arena, muebles… desplegando a los hombres tras los parapetos y preparando una segunda línea de repliegue por si eran desbordados.

Llegando la tarde, la cosa pintaba muy negra(!), más aún cuando los zulúes doblaron la esquina y el destacamento de Voluntarios de Natal, al mando del capitán Stevenson, y los Nativos Montados del teniente Vause desertaron y tomaron las de Villadiego, reduciendo a la mitad la exigua defensa.

Con apenas un centenar y medio de hombres, John R.M. Chard, de 32 años, (inmortalizado por Stanley Bakeren en la película de Zulú de Cy Endfield, 1964) comenzó a defender Rorker's Drift ante más de 4.000 zulúes con ganas de rematar la faena de Isandhlwana, de donde venían de ejecutar el ritual típico tras el combate, es decir, abrir en canal los cuerpos para liberar sus almas.

Los zulúes rodearon el campamento y comenzaron a asaltarlo por oleadas, repelidas una a una por las armas británicas, una gran ventaja ante los escudos y las azagayas africanas, llamadas iklwa por “el sonido que hacían al arrancarlas de los cuerpos”. La táctica de Chard fue usar la cadencia de fuego y reducir al mínimo la línea de defensa, de manera que repartiendo a sus hombres se pudieran cubrir todos los flancos y concentrar los disparos.

El momento más duro fue el repliegue a la segunda línea, que dejó a su suerte a un grupo de soldados en el hospital. Gracias a la meritoria intervención del jovencísimo John Williams, quien practicando butrones sacó a sus compañeros para volver al perímetro defensivo, enfermos incluidos.

Sin la protección de la muralla del recinto y refugiados alrededor del almacén, los supervivientes siguieron con la fiera lucha cuerpo a cuerpo y aguantando los disparos lejanos de los tiradores. Así hasta las dos de la madrugada, cuando la ofensiva zulú comenzó a perder fuelle. Rorke’s Drift amaneció con un perímetro de cadáveres y sin enemigos vivos a la vista.

File:The defense of Rorke's Drift.jpg

La disciplina, el trabajo en equipo, un liderazgo efectivo y la resistencia al miedo lograron que al final de la batalla los británicos sólo contaran 17 muertos, después de toda la que había caído.

¡Menudo grupo!: 11 Cruces Victoria, la mayor colecta de la historia para un mismo regimiento (7 para el 24th de Infantería) en un solo escenario de guerra. Amén de cuatro medallas más a la Conducta Distinguida.

Hay que añadir, es cierto, que la pequeña hazaña británica sirvió para oscurecer en la Historia la vergonzante derrota de Isandhlwana ante la opinión pública, por lo que recibió más bombo y platillo de lo que merecía. Además, las arcaicas armas portadas por los zulúes nada tenían que hacer ante los recién estrenados rifles Martini-Henry.

Es más, el historiador y periodista Max Hastings diría de Chard que "tras ese momento de gloria no volvió a hacer nada militarmente importante en su vida. Tampoco lo había hecho antes; en realidad tenía fama de vago". Sin embargo, este ingeniero castrense nunca había mandado una tropa en combate antes, se encontraba entre soldados desconocidos, que no eran de su unidad, y ni siquiera sabía si llegarían refuerzos para ayudarle.

Sin embargo, con temple, decisión y orden dentro de una situación desesperada y en inferioridad, Chard guardó la compostura, mantuvo la línea y la disciplina, consiguiendo arrebatar de las manos zulúes su vida y la de los infelices casacas rojas que se quedaron junto a él en aquél paraje de Natal.

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