Daba vueltas
por casa cerca del mediodía mientras escuchaba la radio, esperando para
marcharme al centro de la ciudad a reencontrarme con una manifestación después
de ocho años sin ir a ninguna, cuando me dio por ir a cambiarle el agua al
hámster, que en su tónica habitual dormía plácidamente en el petite palace que le compré, echándose
la siesta cuando algunos llevábamos ya cinco horas en planta.
Al sacar el
tarro de agua lo desperté y me miró con un sadismo a lo Jack Torrance, también
habitual en un bicho con buena propensión a morder. ¿Por qué me molestas si hay
huelga hoy? Eso parecía preguntar.
Pensé en si
estos pequeños roedores se preocuparían alguna vez de temas como derechos laborales,
copago sanitario, primas de riesgo y demás historias que oigo por todas partes.
Fui más cínico e intenté imaginarme qué pasaría si, de buenas a primeras,
empezara a cobrarle por el agua que hasta ahora le salía gratis. O qué pensaría si
le sustituyese el serrín de primera, en el esconde su comida, por cartón reciclado,
que a mí me sale más barato. ¿Qué haría? ¿Me mordería (aún más)? ¿Intentaría
escaparse y encontrar un dueño más benévolo?
O, quizás, todo
lo contrario. ¿Asumiría que todo lo que siempre le ha sido regalado tiene un
coste? Que alguien tiene que pagar para que el tenga alimentos, algodón,
juguetes y más enseres… Y, si hay que pagar, se paga. Que a mí me salen por un
pico todos sus caprichos, oiga.
En medio de
esta absurda nebulosa de pensamientos, de mundos enanos donde hámsters con
pequeños trajes de obreros portaban minipancartas y viajaban en coches enanos, caí
en la cuenta de que la locutora de la radio daba la última hora sobre el
seguimiento de la huelga.
Era una radio
generalista y la mujer evocaba sueños de revolución social, de ética
periodística en periodo de crisis, cuando dio paso a la publicidad… ¡Publicidad!
En un momento
hablaba sobre el papel del periodista que defiende la huelga, pero ha de estar
al pie de la noticia por su relevancia informativa –una Huelga General, nada
menos-, y al siguiente tiende la mano a las empresas que pagan su sueldo (Yo también tengo que llegar a fin de mes). Es decir, labor social y cheque al portador, por favor. Por no
hablar de lo que dicen por la otra orilla. Unos que si liberticidas,
otros que si Barcelona
es Monte Arruit… Y nadie protesta.
Luego de la publicidad,
el típico diálogo de besugos entre políticos. El Gobierno dice que la huelga “no
cambiará ni un ápice la reforma laboral” y que “velará
por el derecho de los que quieran ir a trabajar”. Que lo que tu digas
chaval, protesta lo que quieras, pero mañana que te sigan explotando. Y no
insistas, a ver si al final te confiscamos también el hámster.
De ahí, dan
paso a la oposición. Básicamente, que los otros son muy malos, pero mientras la
gente se echa a las calles, nosotros nos callamos bajadas
de pantalones y escándalos
internos. Que hay que tener cara (y estoicismo). Y nadie protesta.
El turno de
los sindicatos. Os lo voy a ahorrar: autobombo
y palmaditas en la espalda. Nada sobre la desidia y la burocracia, el ansia de
poder y los lazos ideológicos que los han alejado de esos que tanto les gustan
citar, los trabajadores.
Y de
trabajadores, a los empresarios. Pero no mi primo el ferretero. Ni Martín, el
dueño de la agencia de viajes. Aquí hablan Cebrianes, Aliertas, Botines,
Roiges, Llopises & Co. Que uno duda qué tienen más caliente, si el bolsillo
o la boca. Pericles ha muerto. Esparta espera tras las murallas. Nadie
protesta. De nuevo.
Se hace tarde.
Y aquí, la casa sin barrer.
Con cara de
imbécil, como muchos se sentirán ahora, me doy cuenta de un detalle: el hámster
se ha subido en la rueda. Lleva un rato corriendo en ella. Mordisquitos se llama. Nombre que le viene como anillo al dedo y
del que hace gala en cuanto tiene oportunidad. Arisco, sí, pero se ha ganado el
cariño de toda la familia.
Caigo en que cuando
lo compré fui yo el que elegí tener un animal a mi cuidado. Fui el que decidió
qué hámster iba a tener en casa. El que asumió lo básico: alimentación,
cuidados, limpieza, y lo asociado, como juegos, caprichos y juguetes.
No sé (y nunca
sabré) qué hubiera elegido él. Es mi
responsabilidad. Como debería serlo de cualquier gobierno, partido, institución,
medio de comunicación.
Me cambio.
Ahora llevo una sudadera blanca, evocando Marston Moor. Sin color ni palabras
vacías. Esa será mi opción, como ciudadano de un país que da más de lo que
recibe y merece más de lo que muchos apostarían.
Me voy a protestar.
Sin otro lema que luchar por un futuro. Que me vean conocidos y desconocidos,
pese a que muchos han decidido que todo lo que siempre “les ha sido regalado”
tiene un coste.
Sonrío antes
de cerrar la puerta, imaginando a un mini Delacroix pintando un hipotético Mordisquitos guiando al pueblo.
El hámster, ajeno
a mi extraño humor, rueda y rueda.
